Archive for Septiembre, 2009

Arturo Barea por Francisco Arias Solís

Domingo, Septiembre 27th, 2009

ARTURO BAREA
(1897-1957)

“Hijo, yo de la guerra no entiendo.
Pero ¿por qué matarse?”
Arturo Barea.

LA VOZ DE UN REBELDE

Arturo Barea es un novelista que ha alcanzado un gran prestigio internacional. Su gran obra, La forja de un rebelde, escrita en buena parte durante la guerra, solamente aparece muchos años después. Es libro de curiosa historia: se publicó primero en inglés (Londres 1941-1944), para ser retraducido después a su lengua original (Buenos Aires, 1951).

La forja de un rebelde constituye una trilogía integrada por tres libros -La forja, La ruta, La llama- y en cuanto que es básicamente una autobiografía, resulta ser una crónica de la España en que su autor vivía. El elemento autobiográfico, en ningún momento ocultado, pues aparece el autor con nombre y apellido, no cuenta en función de la biografía de Barea, sino de una rememoración de las vivencias del autor que sirven para la reconstrucción decisiva de la historia española. No todos los libros de la serie tienen el mismo valor y el primero de ellos, La forja, más independiente de juicio, constituye una de las obras novelescas más importantes de nuestro siglo. La forja es una afortunada evocación del mundo juvenil del protagonista, narrada con gran veracidad y con un sereno, pero dolorido, sentir del Madrid humilde de finales-comienzo de siglo. La capacidad de observación y la afortunada notación costumbrista conceden al libro un valor testimonial extraordinario. La narración directa, la ingenua perspectiva infantil o juvenil es de un considerable valor, lo mismo que sucede con el afortunado relato del acceso a la experiencia del muchacho protagonista. La forja es, sin duda, el libro más valioso, más afortunado de Barea. El siguiente de la serie, La ruta, es un relato fundamentalmente crítico sobre la guerra de Marruecos -próxima, en este sentido, a otros libros de Sender, Díaz Fernández o Gaya Nuño-, donde el fondo que la alienta no obstaculiza una narración tersa, vibrante y llena de calor humano. En La llama aparece también la problemática personal de Barea, su vida matrimonial fracasada, su deseo de integración en la lucha popular, su incorporación definitiva a esa lucha sus tareas de censor de despachos de prensa en los corresponsales extranjeros desde su “oficina” instalada en la Telefónica de Madrid, en torno a la cual silban los obuses. Toda la guerra, desde los días heroicos, trágicos y violentos de julio de 1936, pasando por los bombardeos de la capital, la presencia de las Brigadas Internacionales, las luchas ideológicas, la resistencia republicana, la Valencia de la retaguardia, el éxodo final, figuran en las fascinantes páginas de Barea, que en muchos casos recuerdan al mejor Galdós madrileñista y popular.

Arturo Barea Ogazón nació en Badajoz el 14 de agosto de 1897 y murió en Feringdon (Inglaterra) el 24 de diciembre de 1957. De humilde origen, la mayor parte de su vida se desarrolló en Madrid; la pobreza y dificultades de los barrios populares marcaron su trayectoria ideológica. Su formación fue autodidacta. Trabajó como meritorio en un banco, fue uno de los organizadores del sindicato de empleados de oficina de la UGT. Hizo el servicio militar en Ceuta y Marruecos, luchando en la llamada Guerra del Rif. Su biografía hasta la guerra puede seguirse a lo largo de La forja de un rebelde. Durante la guerra se casó con una periodista austriaca. Al finalizara la guerra se exilió Francia y posteriormente a Londres, donde se dedicó al periodismo y a la crítica, siendo autor de dos ensayos: Lorca. El poeta y el pueblo (1944) y Unamuno (1952). Adoptó la nacionalidad inglesa en 1948. Bajo el nombre de “Juan de Castilla” tomó parte en las emisiones españolas de la BBC de Londres. Comenzó su carrera literaria con un volumen de cuentos basados en la guerra civil española, Valor y miedo, que se publicó en Barcelona en 1939, su fama literaria comenzó con la publicación La forja de un rebelde. Posteriormente publicó la novela La raíz rota (1952 en inglés; 1955 en español) Su última obra, un volumen de cuentos titulado El centro de la pista, se publicó póstumamente en 1960, en Madrid.

En su novela La raíz rota plantea un tema de gran interés, el de regreso del exilio, asunto poco tratado por los escritores del destierro como por los de interior. El título de Barea es alusivo a la falta de enraizamiento que se encuentra el exiliado a su regreso, lo que le obliga, tras sucesivas decepciones, a volver al destierro. Y como dijo el escritor extremeño: “Tengo la nacionalidad inglesa, pero soy español”.

Francisco Arias Solís

La primera víctima de la guerra es la infancia.

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Antonio de Trueba por Francisco Arias Solís

Sábado, Septiembre 26th, 2009

ANTONIO DE TRUEBA
(1819-1889)

“Es menester que compongas,
Señor, un poquito el mundo,
porque se ha deteriorado
de tal modo, con el uso,
que el enterrador de Güenes
anda vestido de luto,
porque hace más de dos años
que no se ha muerto ninguno.”
Antonio de Trueba.

LA VOZ DE ANTÓN EL DE LOS CANTARES

Escritor vizcaíno que alcanzó gran notoriedad en el siglo XIX, Antonio de Trueba, con sus famosos cuentos realizó en el Norte de España una labor algo parecida a la de Fernán Caballero en el Sur, siendo muy leído; y al igual que Rosalía de Castro en sus Cantares gallegos, recopila cantares sobre conflictos humanos y pequeños episodios que parafrasean o glosan canciones populares de su tierra natal. De formación autodidacta, tenía gran fecundidad literaria. Canta en sus poesías los sentimientos sencillos y espontáneos del amor a la familia, al hogar, a la tierra, etc. Y como nos dijo el propio poeta vasco: “Fue autor de cantares y narraciones vulgares el que pensaba ser labrador”.

Antonio María de Trueba y de la Quintana, conocido también como Antón el de los Cantares, nació en Montellano, Vizcaya, el 24 de diciembre de 1819. Hijo de humildes campesinos, se sintió atraído desde niño por la literatura al oír los romances de ciego, pero tuvo que abandonar pronto la escuela para cultivar la tierra y trabajar en las minas de su tierra natal. Al cumplir los quince años marchó a Madrid para evitar la primera Guerra Carlista. Según nos cuenta Trueba, en uno de sus cuentos: “Veinte fusiles se alzaron por un movimiento instintivo y sin obedecer a voz de mando alguna, y Carmen cayó atravesada de balazos al expirar en sus labios el grito de ¡Viva Carlos V! como su padre había caído al expirar en los suyos el de ¡Viva Isabel II! Mi madre que también había caído sin sentido casi al mismo tiempo, cuando le recobró, exclamó dirigiéndose a mi padre con las manos juntas, en señal de entrañable súplica, y los ojos ciegos de lágrimas: -¡Manuel, vendamos lo poco que tenemos para enviar a este pobre hijo de nuestra alma a donde Dios le libre de la suerte que aquí le espera! Quince días después iba yo camino de Madrid, destinado a la tienda y almacén de ferretería que en la calle de Toledo, número 81, tenía don José Vicente de la Quintana, primo de mi madre y hermano del venerable párroco de mi aldea y vicario del partido eclesiástico a que ésta pertenecía”. En la ferretería robó tiempo al sueño para leer a nuestros escritores románticos. En 1845 consigue un puesto burocrático en el Ayuntamiento de Madrid, lo que le permite más tiempo libre para dedicarse a la literatura. En 1851 publicó su primer libro, El libro de cantares, que le dio a conocer en los ámbitos literarios, al tiempo que inicia sus colaboraciones en La Correspondencia de España, Correo de la Moda, El Museo Universal y La Ilustración Española y Americana. En un piso madrileño comparte esperanzas y amarguras con Luis de Eguílaz, el pintor Germán Hernández y algunos más, y en un local de veladas poéticas leían sus composiciones Trueba, Núñez de Arce, Pedro Antonio de Alarcón, Eulogio Florentino Sanz… El escritor vizcaíno también frecuentó la tertulia del Café de la Esmeralda -en la calle de la Montera-. Trueba inicia la publicación de sus cuentos, género en el que llegó a ser maestro, en los que narra los aspectos amables de la realidad. Algunos de ellos, alcanzaron gran popularidad y están recogidos en diversos volúmenes: Cuentos populares (1853), Cuentos de color de rosa (1854), Las hijas del Cid (1859) y Cuentos campesinos (1860). Muchos de estos cuentos tienen como escenario ambientes rurales del País Vasco.

En 1862, las Juntas Generales de Vizcaya proclamaron a Antonio de Trueba, Cronista y Archivero del Señorío, lo que determinó que el escritor se trasladara a Bilbao para el desempeño de sus funciones, y donde, pese a reconocer su precaria formación histórica, se dedicó a recopilar información para escribir “una modesta historia general de Vizcaya”, que los disturbios políticos le impidieron concluir. A esta época pertenecen sus obras, Capítulos de un libro, sentidos y pensados viajando por las Provincias Vascongadas (1864), Defensa de un muerto atacado (los Fueros) por el Exmo. Sr. D. Manuel Sánchez Silva (1865), la novela histórica La paloma y los halcones (1865), Cuentos de varios colores (1866), El libro de las montañas (1867), Bosquejo de la organización social de Vizcaya (1870), El molinerillo (1871), La familia cristiana (1871-1872), Resumen descriptivo e histórico de M.N. y M.L. Señorío de Vizcaya (1872) y la novela costumbrista El gabán y la chaqueta (1872).

Tras el paréntesis de la II Guerra Carlista, que hubo de marchar a Madrid (1873) acusado de una supuesta simpatía hacia el carlismo, volvió a Bilbao donde fue rehabilitado, nombrado Padre de la Provincia (1876) y sigue publicando un buen número de obras: Narraciones populares (1874), Exposición dirigida a las Cortes de la Nación por las Diputaciones de las Provincias Vascongadas en 16 de junio de 1876 (1876), Curiosidades histórico-literarias de Vizcaya (1878), Cuentos de madres e hijos (1878), Arte de hacer versos al alcance de todo el que sepa leer (1881), De flor en flor (1882).

Entre sus obras póstumas destacan: El libro de los recuerdos (1898), Cuentos populares de Vizcaya (1905) y Cuentos de vivos y muertos (1909).

Antonio de Trueba elevó varios memoriales a las Cortes, en relación con lo que el consideraba, en defensa de las Tradiciones Vascongadas. “Terminada la guerra (la tercera guerra carlista) -escribía el escritor vizcaíno-, Don Antonio Cánovas del Castillo, ansioso de popularidad, creyó excelente medio de alcanzarla la presentación a las Cortes de un proyecto de ley abolitorio de los fueros vascongados, y en efecto se presentó, y apenas hubo senador ni diputado que se atreviera a arrostrar la impopularidad de negarle su voto”.

En uno de los edificios de la plaza elegante y recoleta de los Jardines de Albia de Bilbao, falleció Antonio de Trueba el 10 de marzo de 1889 y en dicho lugar, el 10 de noviembre de 1895, se erigió en su honor, una estatua sedente realizada por Mariano Benlliure, que se costeó con los fondo recaudados entre los vascos de América y de Bizkaia. Y como dijo tan ilustre escritor vasco: “La guerra, que Dios maldiga, y sobre todo la guerra civil, no tiene entrañas ni conoce la justicia”

Francisco Arias Solís

La fórmula salvadora es paz, libertad y justicia.

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Pierre de Marivaux por Francisco Arias Solís

Sábado, Septiembre 26th, 2009

PIERRE DE MARIVAUX
(1688-1763)

“El amor hace creer siempre en aquello
en que más habría que dudar.”
Pierre de Marivaux.

LA VOZ EN TORNO AL AMOR

La temática del poeta, novelista y dramaturgo francés Pierre de Marivaux gira sobre el amor y el matrimonio. Lo más importante de su obra es la producción dramática, que también gira siempre en torno al amor y que Marivaux desmenuza con toda escrupulosidad y penetración psicológica; sin embargo, todo parece demasiado razonado y sus piezas teatrales se apoyan muy especialmente en los diálogos, en la palabra preciosista. Sus personajes femeninos tienen una enorme importancia. Pocos autores tratan el amor con tanto realismo y sentido común, sin exageraciones librescas y malamente literarias.

Marivaux fue el creador de un nuevo estilo de comedia risueño, exquisito, ingenioso y fundamentado en un atento análisis de los caracteres y las relaciones amorosas, estilo que llegó a denominarse “marivaudage”. Llegó a convertirse en el más importante representante del sentimentalismo y en el precursor de la comedia de análisis. En este teatro, el más netamente clásico que existe, todo -marco, intriga, personajes- está simplificado en extremo; lo único que importa son los sentimientos. Es casi exclusivamente un teatro de amor; éste, en él, es un sentimiento delicado cuyo nacimiento, crecimiento, decepciones, susceptibilidades y contradicciones observamos. Marivaux terció en la famosa “querella de antiguos y modernos”, poniéndose al lado de La Motte a favor de los últimos. El comediógrafo Molière ensombreció la fama de Marivaux como hombre de teatro, que quedó un tanto olvidado por la crítica de sus contemporáneos y no ha sido sino en el siglo XX cuando su obra ha adquirido un mayor relieve. En la actualidad está considerado como uno de los dramaturgos emblemáticos del XVIII.

Pierre Carlet de Chamblain de Miravaux nació en París el 4 de febrero de 1688 y falleció en la capital francesa el 12 de febrero de 1763. Nació en el seno de una familia burguesa. Asiduo de los salones intelectuales, escribió en su juventud algunas novelas, pero solo se dedicó activamente a la literatura cuando, tras una quiebra financiera, lo necesitó para ganarse la vida. Perteneció a la Academia Francesa (1743). Atraído por el periodismo fundó tres periódicos: Le Spectateur Française (1722-1723), L’Indigent Philosophe (1726-1727) y Le Cabinet du Philophe (1734).

Escribe y estrena muchísimo: Arlequín, refinado por el amor (1720), La sorpresa del amor (1722), La doble inconstancia (1723), El juego del amor y del azar (1730), la más popular de sus obras, El triunfo del amor (1732), Las falsas confidencias (1737) y La prueba (1740). También es necesario citar sus dos novelas inacabadas que influyeron notablemente sobre narradores posteriores: La vida de Marianne (1731) y El campesino enriquecido (1735-1736), y, finalmente mencionaremos, la parodia de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, de Cervantes. Y como dijo el dramaturgo francés: “Algunas personas se creen todo en cuanto se las susurra el oído”.

Francisco Arias Solís

Siempre podemos hacer algo por la paz y la libertad.

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Gracias.

Miguel Ángel Asturias por Francisco Arias Solis

Miércoles, Septiembre 23rd, 2009

MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS
(1899-1974)

“Mi libertad llamadla fantasía
en todo lo demás soy prisionero,
cárcel la realidad, la noche, el día,
la carne, el mundo,todo lo que quiero.”
Miguel Ángel Asturias.

LA VOZ DE LA POESÍA ENAMORADA

La obra poética de Miguel Ángel Asturias ha sido desplazada en cierto modo por la enorme difusión de su obra de novelista. Pero la sensibilidad poética del escritor guatemalteco impregna toda su obra literaria.

La poesía de Asturias, como casi toda su obra, refleja los sentimientos del autor. El amor hacia la humanidad; el amor hacia la rica fuente inspiradora de su pasado maya-quiché; como el acendrado amor por la libertad y la justicia. Es el amor el que conduce continuamente su verso. Cuando lo guía por senderos de lucha, produce una voz bronca; cuando es hacia la ternura, arranca dulces sonidos para el ser amado. En su obra poética hay cabida para la poesía sobre el amor y para la poesía enamorada. Es este último aspecto el que interesa observar, para determinar el concepto que, a través de la poesía, demuestra tener del amor, así como el tratamiento que da a la mujer de la cual se halla enamorado.

Miguel Ángel Asturias nace en Guatemala el 19 de octubre de 1899. De padre español y madre india, sus simpatías se inclinarán por la ascendencia materna. Prueba de su cariño por los pueblos primitivos de su patria sería el tema de la tesis de su doctorado en Derecho –El problema social indio (1923)- y la traducción con el mexicano González de Mendoza, del Popol Vuh (1927), libro sagrado de los indios quiché.

Con sólo cinco años marcha con su familia a Salamá, huyendo de las iras del dictador Estrada Cabrera. Con ochos años de edad vuelve a Guatemala. Poco antes de finalizar 1917, tuvo una impresionante experiencia: el terremoto que asoló a Guatemala el día de Navidad. Vio caer parte de su casa, así como muchas casas vecinas. Vio toda una población presa de terror, corriendo y dando alaridos por las calles.

Tembló la tierra y tembló el régimen político que dominaba Guatemala durante cuatro lustros. Los estudios de Derecho de Miguel Ángel se alternan con su quehacer literario y la actividad política, participando en las reivindicaciones estudiantiles y luchando contra la dictadura de su país. Fue uno de los fundadores de la revista El Estudiante, la más combativa de su época. También es uno de los más destacados colaboradores de la revista Cultura. Los estudiantes del grupo Cultura, serían más tarde conocidos por la “generación de 1920”, en recuerdo del año en que cayó el régimen de Estrada Cabrera.

Abogado en 1922, fue uno de los fundadores de la Universidad Popular. Movido por su inquietud social se convierte en un nuevo y gran defensor de los indios. Asturias es un luchador a favor de esa clase social desposeída de todo, sojuzgada, despreciada.

Viaja a Londres y desde allí marcha a París, donde se encuentra con Vicente Huidobro, César Vallejo, Alejo Carpentier, Alfonso Reyes. Conoce también a los más importantes inspiradores del surrealismo: Breton, Aragon, Eluard.

En 1928 vuelve a su país, después de pasar por La Habana. Publica Arquitectura de una nueva vida. Deslumbrado por el mundo quiché, publica en 1930, una de sus obras cumbres Leyenda de Guatemala. Al promediar el año 1930, llega a Madrid. Frecuenta la tertulia del salón de la Granja del Henar, que era presidida por don Ramón del Valle-Inclán. Escribe su primea novela importante El señor presidente. En su país funda el Diario del Aire.

La revolución de 1944, que inicia un periodo democrático en Guatemala, repercute hondamente en la vida del poeta. Viaja por América del Sur como agregado cultural de la embajada en Buenos Aires. Pasa a París como ministro consejero de la embajada y de allí, a El Salvador, con el cargo de embajador, pero el golpe de Estado de 1954, que terminó con la caída de Arbenz, le obligó a exiliarse en Buenos Aires por no querer aceptar la dictadura de Castillo Armas.

En 1966 es galardonado con el premio Lenin de la Paz. Al año siguiente recibe el premio Nobel de Literatura, siendo embajador de Guatemala en París. En mayo de 1968, estuvo en Mallorca, siguiendo el consejo de su amigo y médico, doctor Falicoft. A partir de esa fecha no dejó de visitar la isla. En abril de 1974 fue invitado a pronunciar una conferencia sobre Fray Bartolomé de las Casas, en Sevilla. Después de una breve estancia en Sevilla, Miguel Ángel Asturias volvió a Madrid, donde falleció el 9 de junio de 1974.

Entre sus novelas, además de las citadas, recordamos: Hombres de maíz, Viento fuerte, El papa verde, Los ojos de los enterrados, Week-end en Guatemala, El alhajadito, Mulata de tal, El espejo de Lida Sal y Viernes de Dolores. Escribe piezas teatrales como Soluna, La audiencia de los confines, Chantaje, Dique seco y El rey de la altanería. Entre los títulos más relevantes de su obra poética se cuentan: Rayito de estrellas, Sonetos, Anoche, 10 de marzo de 1543, Sien de alondra, Ejercicios poéticos sobre temas de Horacio y Clarivigilia primaveral.

La primera poesía de Asturias tiene indiscutiblemente una honda huella modernista. El surrealismo llegará al poeta guatemalteco con tanta fuerza como el modernismo. Pero junto a ambas influencias, continúa latiendo siempre la personalísima impronta de un vigoroso pasado. Y como dijo nuestro poeta: “… Madre, / gracias porque me inventaste; / yo no era, fui inventado por ti / en las letras, las estrellas, las hojas y los sueños”.

Francisco Arias Solís

Donde mora la libertad, allí está mi patria.

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Feliciano de Silva por Francisco Arias Solís

Lunes, Septiembre 21st, 2009

FELICIANO DE SILVA
(1492-1548)

“…y á mí paresciéndome que debajo deste estilo
podria más hacer ver la virtud enjerida en tal
representacion, esta segunda comedia de Celestina
escribí y á vuestra señoría la enderecé.”
Feliciano de Silva.

LA VOZ DE LA SEGUNDA COMEDIA DE CELESTINA

Feliciano de Silva es famoso en la literatura española por ser continuador de dos obras: La Celestina y el Amadís de Gaula. Su mejor obra es la Segunda comedia de Celestina (1534), que fue censurada por la Inquisición en 1559, en la que el autor resucita a su protagonista, que vuelve a encontrarse con Elicia y Areusa. Silva fue el primero de los seguidores de Rojas que percibió en la vieja alcahueta, y no en la pareja de amantes, el centro y raíz de la famosa novela dialogada, de ahí que no dude a resucitar a la zurcidora de malas voluntades. El éxito de esta segunda comedia fue tan arrollador que desbordó la influencia directa de Rojas. Los continuadores o imitadores se fijaron más en la resucitada remendadora de virgos que en la original: el toledano Gaspar Gómez, en la Tercera parte de la tragicomedia de Celestina no repara en su paisano Rojas y recoge los personajes de Silva. Igual hará más tarde Alonso de Villegas.

Sólo el durante mucho tiempo anónimo autor de la Tragicomedia de Lisandro y Roselia (1540) Sancho de Muñón, abreva en el original. Menor mérito tiene Silva como continuador de la primera novela de caballerías. Es autor del Noveno libro de Amadís de Gaula, cuyo larguísimo título reza Crónica del muy valiente y esforçado príncipe y cavalleresco de la Ardiente Espada Amadís de Grecia, hijo de Lisuarte de Grecia, Emperador de Constantinopla, y rey de Rodas, que tracta de los grandes hechos en armas y de los de sus altos cargos y extraños amores. Este título es bien significativo de la complicación argumental de la obra, con lances inverosímiles, y también del enrevesamiento de su lenguaje. El mismo carácter tienen, Lisuarte de Grecia (1514), Don Rogel de Grecia (1534) y Don Florisel de Niquea (1532-1551) cuyo protagonista, hijo de Amadís de Grecia, continúa el linaje de los Amadises.

Los libros de caballerías del mirobrigense Silva fueron muy celebrados en su época y traducidos a varias lenguas europeas, aunque Cervantes los trató duramente en el Quijote. En América, la reputación de Silva fue inmensa y Don Florisel de Niquea llegó a ser el libro más popular del Nuevo Mundo. Fue autor asimismo del libro autobiográfico Sueño de Feliciano de Silva (1532).

Feliciano de Silva y Guzmán nació en Ciudad Rodrigo, provincia de Salamanca, hacia 1492 y murió en su ciudad natal el 24 de junio de 1558. Estuvo en Sevilla al servicio del arzobispo don Diego de Deza, al que le dedicó Lisuarte de Grecia, publicado en esta ciudad. Sirvió dos años al emperador Carlos V, durante los cuales pudo haber participado en la Guerra de las Comunidades (1520-1521) del lado del emperador. Hacia 1520 Silva se casó con Gracia Fe, hija de Hernando de Caracena, un judio converso. Feliciano de Silva tuvo siete hijos, cuatro hijas y tres hijos. El 23 de agosto de 1523 se le otorgó el puesto de regidor de Ciudad Rodrigo de por vida, fue también árbitro en los tribunales, perito en testamentos, testigo en posesiones de canonjías. A pesar de ser lego y nuevo cristiano, el cabildo de la catedral le designó como representante en el concilio de Salamanca.

El autor de la Segunda Celestina, Feliciano de Silva, tan maltratado por Cervantes en el Quijote por sus famosos libros de caballerías, fue, como, los otros dos mejores –Rojas y Sancho Muñón-, un encubierto o enmascarado autor de tan excelente obra dramática. Y nos sorprende su lectura por la vivacidad, desenfado, gracia que manifiesta en todas sus escenas esta admirable Segunda comedia de Celestina. Comedia y no tragicomedia, como la de Rojas y Sancho Muñón; difícil le hubiese sido, en efecto; a su autor, volver a matar a Celestina, después de haberla resucitado. Y, de no matarla, tampoco era cosa de hacer morir trágicamente a los apasionados amantes, cuyos nombres, en esta Segunda Comedia, son los algo enrevesados para nosotros de decir: Felides y Polandria. Una vez decidida la meta de fingirse Celestina resucitada ya toda la perspectiva dramática de la obra de Rojas quedaba desviada y no podía seguir ese cauce trágico de su primitiva invención; como haría, con tan extraordinario acierto, apenas unos años después que Silva, el también seudo-anónimo Sancho Muñón, en su Celestina tercera.

La lectura de esta extraordinaria comedia de Silva, no sólo nos divierte y conmueve, sino que nos ofrece curiosidad mayor al compararla y equipararla con su antecesora de Rojas y con sus sucesoras de Sancho Muñón y Lope de Vega en su incomparable Dorotea.

Es curioso que, siendo esta deliciosa comedia de Silva anterior de unos pocos años a la Tragicomedia de Lisandro y Roselia (ésta se sitúa pasado 1540 y aquélla hacia 1534 ), nos parezca más moderna la de Silva, y sobre todo, mucho más cercana a la de Lope. Aunque la Gerarda de Lope muera tragicómicamente, a su vez, cayéndose por la escalera, como es sabido, y mereciendo el comentario adecuado a los testigos de su desdichado accidente mortal: porque “iba a buscar agua y no vino”.

El fantasma de Celestina, resucitada por Silva es tan fantasmal, en efecto, que las jóvenes enamoradas convierten ingeniosamente, a esta Celestina con natural facilidad, en la más infeliz e inofensiva casamentera.

La segunda o renovada Celestina de la comedia de Silva está muy lejos de la endemoniada bruja hechicera, vieja barbuda que envenenó infernalmente el amor natural y puro de Calixto y Melibea, precipitándolo en la tragedia. La comedia de Silva –la más enriquecida de músicas, canciones y serenatas-, tan expresa como expresivamente, elude el canto erótico de la sangre. Por eso es cómica y no trágica . Por eso (tan natural como sobrenaturalmente por eso) acaba en bodas.

Francisco Arias Solís

Jamás hubo una guerra buena o una paz mala.

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Bartolomé de Torres Naharro por Francisco Arias Solís

Sábado, Septiembre 19th, 2009

BARTOLOME DE TORRES NAHARRO
(h. 1485-h.1524 ó 1531)

“Si por amarte esperaba cortesía,
por mis huesos la querría
si viniesen en tus manos
que la triste carne mía
sé que antes de año y día,
será un montón de gusanos.”
Bartolomé de Torres Naharro.

LA VOZ DEL PRIMER PRECEPTISTA TEATRAL

En el reinado de Carlos I encontramos dos autores, Gil Vicente y Torres Naharro, que a caballo entre el pasado y el Renacimiento, ponen las primeras piedras del teatro español. A Torres Naharro se le considera el primer maestro de la comedia “a fantasía” o drama novelesco -que trata lo fantástico con visos de realidad-, por la complicación y enriquecimiento de la intriga, la multiplicación de personajes, quizá llevada al exceso, y el estudio de los caracteres.

La Propalladia (1517), título con el que Torres Naharro recopiló el conjunto de su obra, es un libro curiosísimo en el que lo mismo se leen versos escritos en latín, como en italiano y en catalán, además del castellano. Hay ya allí el germen del futuro teatro español, con su gracejo, ciertos caracteres, el desarrollo de la intriga, más complicado que antes, con mayor número de personajes, y con tirada de versos que tienen, a veces un primor literario y una gallardía a que antes no se estaba acostumbrado.

Bartolomé de Torres Naharro nace en la Torre de Miguel Sesmero, provincia de Badajoz, hacia el año 1485, las únicas noticias que de su vida tenemos las ofrece él mismo. Soldado, cautivo en Argel y sacerdote en sus últimos años, vivió en Roma y Nápoles al servicio de varias personalidades civiles y eclesiásticas. Sus obras se representaron en la corte pontificia con asistencia en alguna ocasión del Papa. En fecha desconocida regresó a Sevilla, donde escribió sus últimas comedias y al parecer murió entre 1521 y 1531, dándose como fecha más probable la de 1524.

Torres Naharro escribió Propalladia en medio de una corte pontificia de religiosidad barrida por los vientos paganizantes del Renacimiento. Más soldado y cortesano que sacerdote, él mismo es un hombre renacentista aunque aferrado a las fuerzas vectoras del medievo; así, los poemas que incluye en Propalladia, pese a su residencia italiana, son tradicionales y su temática se arraiga en el moralismo satírico medieval, destacan por la flexibilidad métrica Lamentaciones de amor y las Epístolas; y por el contenido, las sátiras, furiosas diatribas contra la curia, contra aquel “castillo de malicia” como define a Roma: “digo que Roma es lugar / do para el cuerpo ganar / habéis de perder el alma”.

Al frente de su “opera omnia”, Propalliada, puso Naharro un prólogo que le convierte en el primer preceptista teatral de la Europa renaciente. Aceptando la división horaciana de las cinco jornadas, define la comedia como un “artificio de notables y finalmente alegres acontecimientos”, dividiéndolas en dos clases; son comedias “a noticia” aquellas que tienen una base real, y “a fantasía” las creadas sobre la pura invención. Y ejemplifica esta división afirmando que al primer tipo corresponden Soldadesca y Tinellaria; al segundo; Serafina e Himenea.

Las primeras piezas de Naharro, Diálogo del Nacimiento y Trofea son ejercicios de aprendizaje a base de Juan del Encina. Pero ya en las dos comedias a noticia, aunque no faltan las influencias de los clásicos latinos, el autor parece haber encontrado camino propio. En Soldadesca, militares italianos y españoles dialogan en un ambiente de vida alegre y desenfadada, no exenta de lances atrevidos. La nota satírica anticlerical se acentúa en Tinellaria: la acción transcurre en una cocina (tinello) de la curia romana y consiste en los comentarios que los criados van desgranando para poner al descubierto las entrañas de la vida pontificia sin pararse en barras ni en la grosería de los vocablos.

En el grupo de comedias de fantasía encontramos dos piezas claves Serafina e Himenea, y dos mediocres, Jacinta y Aquilana (no incluida en la edición de 1517), aunque estas contengan delicadas escenas y otra de dura crítica social. Jacinta, antecedente de Himenea, escenifica un tema socorrido: la protagonista, so disculpa de elegir a uno de ellos por marido, hace relatar a tres peregrinos noticias de sus países.

Himenea es la clave del teatro de Naharro que se anticipa a la comedia de capa y espada del siglo siguiente al poner en escena el problema de la honra: Himeneo y Fabia son sorprendidos durante una cita nocturna por el hermano de la doncella, el cual pretende salvar el honor de la familia matándola. Himeneo le persuadirá a permitir el casamiento.

Torres Naharro es también poeta lírico, aunque utilizó sólo los metros tradicionales y los temas procedentes de la poesía cancioneril. Destacan entre ellas sus Lamentaciones de amor, algunos romances, las sátiras de la Corte papal y un poema licencioso, el Concilio de los galanes y cortesanos en Roma.

Propalladia supone en 1517 para el teatro un paso gigantesco en lo referente a técnica, al manejo de los personajes, a expresividad y a estudio de tipos realistas, de una vitalidad poderosa. Que los esquemas escénicos de Naharro no se impusieran hasta Lope puede parecer extraño; pero la culpa de ello hay que achacársela a la Inquisición que prohibió Propalladia y hasta 1573 no permitió una edición expurgada del libro. Y como dijo nuestro autor: “El decoro en las comedias es como el gobernalle en la nao, el cual el buen cómico siempre debe traer ante los ojos”.

Francisco Arias Solís

Si quieres la paz, trabaja por la justicia.

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Ramón Solís por Francisco Arias Solís

Martes, Septiembre 8th, 2009

RAMÓN SOLÍS
(1923-1978)

“Creo poder afirmar que fue en Cádiz, cabalmente en
los momentos de la guerra de la Independencia, cuando
surgió el sentimiento de la nacionalidad, de la patria .”
Ramón Solís.

LA VOZ DEL CÁDIZ DE LAS CORTES

Ramón Solís decidió escribir una novela de la época de las Cortes. Así surgió su libro El Cádiz de las Cortes, que Marañón, su prologuista, consideró como uno de los libros más importantes sobre España; que ha puesto luz severa, vida humana sobre el gran episodio que Cádiz vivió con una enorme intensidad. Gracias a él sabemos lo que pasó en Cádiz y lo que realmente realizaron, vivieron y soñaron aquellos liberales españoles. Claro está que Ramón Solís no se ha ocupado sólo de los doceañistas eminentes y todavía sonoros, sino del pueblo y los estamentos de aquella época, haciendo junto a la historia, esa intrahistoria que nos interesa tanto. “El Cádiz de las Cortes –nos dice Ramón Solís- fue mi tesis doctoral en la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas de Madrid. Esto quiere decir que este libro surgió de un propósito más erudito que literario y que estaba dirigido a un público de especialistas y estudiosos”. El Cádiz de las Cortes que obtuvo el premio Fastenrath de la Real Academia Española de 1960, pertenece por su estilo al gran ensayismo español.

Ramón Solís Llorente nace en Cádiz el 1 de marzo de 1923. Inicia sus estudios elementales en el Colegio del Pilar de Madrid. Y continúa sus estudios en el Colegio San Felipe Neri de Cádiz. En 1944 abandona sus estudios de marino e inicia los de ingeniero de Montes, que, más tarde, simultánea con los de Ciencias Políticas y Económicas. En 1949 termina la carrera de Ciencias Políticas y Económicas y es nombrado corresponsal en Madrid del semanario La Voz del Sur. En 1953 contrae matrimonio en Cádiz con Rosario Jiménez Alfaro. Un año más tarde publica su primera novela La bella sirena. En 1956 presenta su novela Los que no tienen paz al premio Planeta y queda finalista. Esta novela ha sido llevada al teatro por José María Pemán con el título Los monos chillan al amanecer. Sus cualidades de historiador se revelan en El Cádiz de las Cortes. Es elegido miembro de la Real Academia de la Historia. En 1961 es elegido concejal del Ayuntamiento de Cádiz. Al año siguiente regresa a Madrid. Publica más novelas, Ajena crece la hierba, Un siglo llama a la puerta, El canto de la gallina, El alijo, La eliminatoria, El dueño del miedo, Mónica, corazón dormido. Publica también algunos ensayos, Coros y Chirigotas, La guerra de la Independencia Española. En 1968 es nombrado director de la revista La Estafeta Literaria y en 1970 obtiene el Premio Nacional de Literatura “Miguel de Cervantes”. Ramón Solís falleció en Madrid el 25 de enero de 1978.

Lo social, lo psicológico y el ambiente de Cádiz y sus tierras son las características persistentes al correr de su intensa e interesante obra. El crítico Melchor Fernández Almagro veía en Un siglo llama a la puerta “una novela de excelente calidad. Está muy bien compuesto el ambiente histórico y presenta con exactitud el problema del choque de dos generaciones”.

“Lo genial es decir muchas cosas –escribe Solís- y decirlas perfectamente. Ahora bien: esto se logra a través de las ideas. Cuando la idea se piensa con claridad, se escribe con soltura; y, cuando esto se logra, se ha alcanzado el estilo”. Estamos de acuerdo con estas dos ideas que pone Solís en la mente de unos de sus personajes, y, fiel a ellas, el escritor gaditano interesa y logra excelentes éxitos. Y también fue fiel, a aquel viento generoso que sopló sobre su ciudad natal en el siglo XVIII, y que forjó el espíritu dilecto, universal y políglota de la vida gaditana. Y es que, como dijo el escritor gaditano: “Todos tenemos algo nuestro que no cambiaríamos por nada”.

Francisco Arias Solís

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Rosalía de Castro por Francisco Arias Solís

Lunes, Septiembre 7th, 2009

ROSALÍA DE CASTRO
(1837-1885)

“Ahí va la loca, soñando
con la eterna primavera de la vida y de los campos,
y ya bien, pronto, tendrá los cabellos canos.”
Rosalía de Castro.

LA VOZ DE LA EMOCIÓN

Una emoción personal anima bastante versos de Rosalía de Castro, emoción asociada a la visión de un lugar campestre. “No habiendo aprendido en otra escuela que en la que nuestros pobres aldeanos -escribía la poetisa en el prólogo a los Cantares gallegos-, sólo guiada por aquellos cantares, aquellas palabras cariñosas y aquellos giros nunca olvidados, que tan dulcemente resonaron en mis oídos desde la cuna, y que fueron recogidos por mi corazón como herencia propia, atrevíme a escribir estos cantares”. Por todo ello, los mejores versos de Rosalía de Castro son los que escribió en gallego.

No siempre sus temas derivan de alguna emoción nostálgica o melancólica; también ocurren otros de inspiración religiosa. Otros derivan del patriotismo regionalista, en los cuales halla la voz contra la injusticia (“Y el hambre de justicia que abate y que anonada”), que estima cometida por el resto de España contra su región nativa; injusticia simbolizada en la figura del emigrante gallego. “Este vaise e aquel vaise, / e todos, todos se van; / Galicia, sin homes quedas / que te poidan traballar”.

En general, el amor, frustrado es verdad, y el odio, excitan casi siempre a la poesía gallega, y ella misma nos repite en varias ocasiones lo que dice este verso: “En mi pecho ve juntos el odio y el cariño”. Esa confusión de emociones contrarias origina quizás en ella el desasosiego, el descontento de que sus versos se hacen eco tantas veces; aunque acaso otras dé a su voz el tono enérgico que tiene en composiciones como la que comienza: “Atrás, pues, mi dolor vano con sus acerbos gemidos”.

Rosalía de Castro de vida difícil y dolorosa, nace en Santiago de Compostela, el 24 de febrero de 1837 y fue inscrita como “hija de padres incógnitos”. Se cría en Ortoño, al cuidado de una tía, hasta que es reconocida por su madre. Un buen día la niña escribe sus primeros versos. En el Liceo de la Juventud, con 17 años, actúa como protagonista de una representación dramática. En 1856, Rosalía de Castro se traslada a Madrid, al año siguiente publica su primer libro de poemas, en lengua castellana: La flor.

En 1858 Rosalía contrae matrimonio con Manuel Martínez Murguía, destacado historiador de Galicia. A partir del casamiento, el matrimonio cambiará constantemente de domicilio; viajes por Andalucía, Extremadura, La Mancha, Levante. Sufre de un modo punzante, casi enfermizo, la nostalgia de su tierra, del paisaje que le rodea siempre y sin el cual no sabría vivir. El 15 de julio de 1885 muere Rosalía de Castro en la casa de La Matanza, en la parroquia de Iría.

Rosalía de Castro tiene una disposición natural para “sentir como propias las penas ajenas”. En el prólogo de Follas novas se excusa de que puedan tomarla por una “inspirada”, y no estima su libro un libro “trascendental”, ya que por ser mujer es “arpa sólo de dos cuerdas, la imaginación y el sentimiento”. Una observación interesante es: “En este libro prefiero, a las composiciones que pudieran decirse personales, las otras que con más o menos acierto expresan las tribulaciones de aquellos que, unos tras otros y de distintos modos, vinieron durante largo tiempo a sufrir a mi alrededor”. Y eso, en una época cuando el poeta se iba ya alzando frente al resto de la humanidad como criatura única y solitaria por excelencia.

Descontando la originalidad de su obra, la conexión de ella con la poesía galaica, y sobre todo con la gallega medieval, el recuerdo de Bécquer es visible en ella. Y hasta puede hallarse en los versos de la poetisa gallega anticipaciones al acento de algún poeta futuro, como éstos: “Bajemos, pues, que el camino / antiguo nos saldrá al paso… / lleno aún de las blancas fantasmas / que en otros tiempos adoramos”, que hoy pueden recordarnos a Machado, y hasta el tema de un poema bien conocido de Machado: “Yo voy soñando camino”, y lo hallamos en un poema gallego de Rosalía de Castro: “Unha vez tiven un cravo”. En algunos suyos hay cierto anticipo del tono modernista, como en esta otra “salutación del optimista”: “Frescas voces juveniles, armoniosos instrumentos”. Por último, no insistiendo más en estas coincidencias curiosas, sus versos: “Para llenar el mundo / basta a veces un solo pensamiento”, despiertan un eco de aquella sentencia maravillosa de San Juan de la Cruz: “Un solo pensamiento vale más que el mundo”.

En Rosalía de Castro se da esa doble perspectiva: hacia el pasado, de una parte, y hacia el futuro, hacia la poesía moderna, de otra, conectando la poesía de fin del siglo XIX con la mejor poesía de hoy. El atractivo de su poesía ha ido resistiendo el paso del tiempo porque en ella vibra la voz armoniosa y desbordante de la emoción poética.

Publicó en gallego la que es para muchos su obra cumbre, la colección de poemas Cantares gallegos (1872), que alcanzó un gran éxito y es uno de los libros pioneros en el renacimiento de la literatura gallega, a la que siguieron los poemas recogidos en Follas novas (1880); y en español, En las orillas del Sar (1884). También cultivó la prosa, en la que merecen citarse las novelas La hija del mar (1859), en la que exalta la condición femenina, y Flavio (1867). Se interesó de un modo especial por los temas de la humanidad doliente, de donde nace el carácter social de sus obras.

Rosalía de Castro que tanto lugar hizo en sus versos a los humildes, a las víctimas de las injusticias sociales, a la pobreza y al dolor, comprendía y apoyaba a sus paisanos cuando salían de su tierra en busca de pan y… sólo recogían humillaciones y durezas… “Castellanos de Castilla, / tratade ben ós gallegos; / cuando van, van como rosas; / cuando vén, vén como negros”.

Francisco Arias Solís

Debe haber otro modo … de ser humano y libre.

XIII Festival Poético por la Paz y la Libertad

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Nos gustaría contar con su participación.

Gracias.

Victor Hugo por Francisco Arias Solís

Domingo, Septiembre 6th, 2009

VICTOR HUGO
(1802-1885)

“Dejad amar a la mujer caída,
dejad al polvo su vital calor,
porque todo recobra nueva vida
con la luz y el amor.”
Victor Hugo.

LA VOZ POETICA Y PROFETICA

Victor Hugo es uno de los poetas más geniales del romanticismo y el mayor genio poético que ha tenido Francia. Esto último lo formulaba André Gide diciendo: “¿Que cuál es el mayor poeta de Francia? Victor Hugo, helás!” Y nuestro Menéndez Pelayo, a principios del siglo XX, al iniciar su magnífico estudio sobre el enorme poeta francés, escribía: “Todo indica que la gloria de Victor Hugo ha de pasar todavía por muchas depuraciones y pruebas antes que resueltamente se le tenga por clásico”.

Victor Hugo nació el 26 de febrero de 1802, en Besançon. Hijo de un general de Napoleón, fue educado tanto con tutores privados como en escuelas públicas de París, desde niño viaja por el centro de Europa; Italia y España (1811-1813). A muy corta edad decidió convertirse en escritor. En 1817 la Academia francesa le premió un poema y, cinco años más tarde, publicó su primer libro de poemas, Odas y baladas de corte clasicista. A los veintiún años escribió su primera novela, Han de Islandia (1823), a la que siguieron los dramas Cromwel (1827), primer drama histórico, cuyo prefacio constituye un manifiesto de la nueva estética romántica, que impugna la regla aristotélica de las tres unidades, respetando solo la de acción, admite lo bufo y lo sublime en una misma obra e insiste en la presencia del color local, Marion Delorme (1829) y la obra que marcó un hito en la historia literaria por su ruptura con las rígidas normas de la tragedia francesa: Hernani (1830), de ambiente español y cuyo estreno resultó un escándalo por la polémica originada entre sus detractores, últimos partidarios del clasicismo, y los jóvenes románticos. Para el teatro escribió además Lucrecia Borgia (1833) y Ruy Blas (1838). Tal vez, el aspecto más popular de Hugo es el de novelista, género al que aportó su gran imaginación poética: Nuestra señora de París (1830), reconstrucción histórica del París del siglo XV, Los miserables (1862), epopeya humana, Los trabajadores del mar (1866), El hombre que ríe (1869) y El noventa y tres (1874). La excelencia y perfección formal de sus composiciones poéticas se demuestra en libros como Odas y baladas (1822), Nuevas odas y baladas (1826), Las hojas de otoño (1831) y Los cantos del crepúsculo (1835); a estas siguieron: Las contemplaciones (1856), La leyenda de los siglos (1859-1883), extensa reflexión sobre la lucha entre el bien y el mal, y El año terrible (1872), evocación del sitio de París y de la época de la Comuna. Durante el exilio en Bruselas publicó dos libros satíricos contra Napoleón III: Los castigos (1853) y Napoleón el pequeño. Otros dos poemas fueron publicados a título póstumo: Fin de Satán (1886) y Dios (1891).

La familia de Victor Hugo siempre había sido bonapartista, y él mismo, en su juventud, había sido monárquico, pero cuando se produjo la revolución de 1848, Hugo era ya republicano. En 1851, después del fracaso de la revuelta contra el presidente Luis Napoleón, más tarde emperador con el nombre de Napoleón III, Hugo hubo de emigrar a Bélgica. En 1855 dio comienzo su largo exilio de quince años en la isla de Guernsey. Hugo regresó a Francia después de la caída del Segundo Imperio en 1870, y reanudó su carrera política. Fue elegido primero para la Asamblea Nacional y más tarde para el Senado.

Las obras de Victor Hugo marcaron un decisivo hito en el gusto poético y retórico de las jóvenes generaciones de escritores franceses. Después de su muerte, acaecida el 22 de mayo de 1885, en París, su cuerpo permaneció expuesto bajo el Arco del Triunfo y fue trasladado, según su deseo, en un mísero coche fúnebre, hasta el Panteón, donde fue enterrado junto a algunos de los más célebres ciudadanos franceses.

A pesar del paso de tiempo, el gran fantasma del poeta francés merodea alrededor de su tumba, cantando, con voz vibrante y profunda, cantando y contando su Leyenda de los Siglos Humanos: su poética y profética visión humana de la Historia: visión iluminada, y ensombrecida, de todos los pueblos de Dios. La visión histórica de Hugo, ¿era, fue, sigue siendo una visión humana y fantasmal, una visión profética? ¿Con su libertad y su justicia, su progreso y su paz? Nuestro Menéndez Pelayo nos afirma, muy retóricamente a su vez, que “el martillo de Victor Hugo es el más formidable que ha caído nunca sobre el yunque de la retórica” ¿De la retórica?

¿Es visión retórica la de Victor Hugo o sencillamente poética como la de Dante o Shakespeare, Cervantes o Goethe? ¿Es visión retórica la de la Historia humana victorhuguesca, que levantó en los pueblos esperanzas de paz, de justicia, de progreso, de libertad? Los miserables, Los trabajadores del mar, Los castigos, Las contemplaciones, La leyenda de los siglos con su Fin de Satán, ¿todo eso es visión retórica de la vida y del mundo, retórica del sentimiento, emoción retórica del pensamiento? ¿O de una retórica de verdad? “Respóndate, retórico, el silencio” contestaba la Rosaura de Calderón a su Segismundo. El silencio retórico de la verdad se llama sangre vertida: la voz divina de los pueblos que Hugo escuchó y cantó: “¿Hasta dónde -pregunta, se pregunta a sí mismo Victor Hugo- pertenece el canto a la voz y la voz al poeta?” ¿Por qué, entonces, llamarle retórica y sólo retórico al estilo, al admirable, portentoso estilo poético de Victor Hugo?

Hay una buena y una mala retórica de la poesía: como de la vida; como de la muerte. La retórica, a veces infernal, de Victor Hugo, y precisamente por serlo, nos parece la expresión efectiva -y no expresamente efectista- de la mejor poesía posible.

Victor Hugo, enorme poeta y profeta de nuestro tiempo. “El hombre más dotado -escribe Baudelaire, acaso su mejor discípulo retórico-, más visiblemente elegido, para expresar, por la poesía, el misterio de la vida”. “Ningún artista más universal que él -añade Baudelaire-, más ágil para tomar contacto con las formas universales de la vida”.

Y terminaremos evocando, por siempre actuales cuando se habla de verdadera poesía, como la del mayor genio poético de Francia, estas palabras poéticas que parecen retóricas porque son proféticas: “El hombre que no piensa vive ciego; el que piensa, en la oscuridad. No podemos elegir más que entre negruras”.

Francisco Arias Solís

Donde mora la libertad, allí está mi patria.

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Mariano José de Larra por Francisco Arias Solís

Viernes, Septiembre 4th, 2009

MARIANO JOSE DE LARRA
(1809-1837)

“Un pueblo no es verdaderamente libre
mientras que la libertad no está arraigada
en sus costumbres e identificada con ellas.”
Mariano José de Larra.

LA VOZ DE UN VERDADERO PROGRESISTA

Larra fue el primer escritor de España que consideró con gesto intelectual los problemas y vicisitudes nacionales que siempre han flotado en nuestra atmósfera. Por el enfoque siempre actual de su visión, la calidad de su ironía y el alcance de las meditaciones que fulgen en la obra de Larra, queda plenamente justificado el gusto nuevo y la vuelta a Larra que se manifestó hace ya algo más de un siglo. La iniciativa partió de la generación del 98.

Mariano José de Larra, nacido el 24 de marzo de 1809 en Madrid, cumple diecinueve años cuando se decide, en 1828, a publicar un periódico a sus expensas, El Duende Satírico del Día, sólo aparecieron cinco números, pero ya encontramos en él el esbozo de varios de los grandes temas que el escritor desarrollará en los años siguientes. Es una época de censura muy estricta: por eso debe dar prueba de gran habilidad para presentar sus críticas contra la España caótica y desecada, nula y vacía, y para abogar por otro gobierno, por las libertades y la civilización.

En agosto de 1832, después de haber ensayado otros géneros literarios, vuelve con obstinación al periodismo. Publica el primer número del famoso periódico El Pobrecito Hablador, del que saldrán catorce números. En ellos encontramos artículos tan célebres como “El castellano viejo”, “Vuelva usted mañana”, “¿Quién es el público y dónde se le encuentra?”, etc.

Larra ha comprendido que por medio de la prensa puede llegar a sus contemporáneos, modificar la sociedad, sentar las bases de un credo político y sacudir la apatía general. Estos son los motivos por los que este autor pone su genial originalidad al servicio de esta obra bien cívica.

Si Larra no hubiese escrito más que su novela El doncel de don Enrique el Doliente, su débil teatro y sus versos –aquellas odas que “el diablo le tentó a escribir”-, no nos acordaríamos en el segundo centenario de su nacimiento, de su nombre. Pero hizo artículos. Observó, criticó y analizó. Expuso con ironía y justeza. Trazó cuadros y siluetas de gran aire español. Derrochó aquí y allá juicios de universal alcance y logró en ocasiones lo que no pudo hallar en versos ramplones: el acento del verdadero poeta.

Larra tiene de don Francisco Quevedo, la crueldad y el sarcasmo implacable. Pero el verdadero y legítimo antecedente del gran articulista es, como señala Azorín, Beaumarchais. En el autor de El barbero de Sevilla se encuentra implícito el humorismo del español, que supo adoptarle originalmente con temperamento propio.

Al anochecer del 13 de febrero de 1837 Larra se suicidó. Le faltaba más de un mes para cumplir los veintiocho años. Los periódicos de la época dieron poca importancia al suicidio de Fígaro. Apenas si le dedicaron comentario alguno. Azorín se escandaliza de ello. La llamada generación del 98 y la siguiente revisaron aquel silencio como un proceso de insensibilidad española o de mal gusto. “La obra de Larra estaba acabada allí donde él la dejó –escribió Antonio Machado-, y fue el suicidio su último y definitivo artículo de costumbre”.

Larra nos recuerda constantemente que si la sociedad es una amalgama él escribe para esta sociedad, es decir, para la mayoría, en defensa de una amplia difusión de la cultura para sacar al pueblo de su marasmo.

Llegamos con esto al final de la evolución personal de Larra. Ha discernido que en una sociedad cuanto mayor es el número de individuos implicados en sus transformaciones tanto más este gran número –que llama “masa”, “masas” y “pueblo”- tiene probabilidades de transformar profundamente la historia. De aquí sus incesantes llamadas a este gran número.

El hecho de que hayamos aplicado el calificativo de “progresista” cobra así toda su significación. El elemento más importante de su evolución personal, es, sin duda, esta progresiva toma de conciencia de la realidad histórica de España, realidad móvil y no definitiva.

Y preguntamos hoy como ayer. ¿Por qué se suicidó Larra? “Larra se mató –nos cuenta Machado- porque no pudo encontrar la España que buscaba y cuando hubo perdido toda la esperanza de encontrarla”. Larra, nuestro romántico escritor, fue un peregrino en su patria. La ideó y la idealizó peregrinamente. Larra, fue un peregrino de amor, un enamorado. Y como dijo el poeta: “Fue peregrino en su patria / desde que nació. / Y lo fue en todos los tiempos / que en ella vivió”.

Francisco Arias Solís

El futuro se gana, ganando la libertad.

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